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Tenía ganas de tener un blog en condiciones.
Seguiré haciendo lo mismo que hacía aquí.
:).
Me han concedido el primer premio del Certamen de Expresión Joven de Jerez de la Frontera por este relato:
Poemas automáticos.
Daba igual que los señores que se dedican a repostar, bajo extremas condiciones de seguridad, los cajeros automáticos de billetes visitaran todos y cada uno de los cajeros habidos en la ciudad realizando un análisis técnico exhaustivo y comprobando que todo el sistema operativo estuviera en orden, resultó insuficiente que como en una oleada, se dejaran de usar casi cinco horas después del primer incidente todos y cada uno de los cajeros fueran cuales fueran, estuvieran dirigidos por quiénes estuvieran dirigidos y operaran para el banco o caja de ahorros que operaran: Los cajeros automáticos dejaron de dar billetes durante sus operaciones y comenzaron a repartir poemas entre los usuarios, que, sorprendidos, no dudaron en remitir a su entidad financiera la correspondiente protesta.
Nadie se paró entonces a pensar cuál era el precio real del poema, en si lo que percibieron por lo que podrían ser diez, veinte, cincuenta, o cien o doscientos euros, era lo que verdaderamente valían esas líneas, pues, para todos los usuarios, el poema resultaba de ínfimo valor en comparación con los billetes que ellos pretendían. Las protestas ocuparon tal magnitud que la totalidad de los bancos y cajas de ahorros, cuando acordaron y lograron contar con los mecanismos oportunos, decidieron clausurar la actividad de los cajeros y sólo repartir dinero a partir de sus operarios contables establecidos en la oficina.
De nada sirvió el hecho de que esos operarios cerraran las oficinas y dejaran el dinero repartido en sus puestos y lugares correspondientes para operar con ellos convenientemente el día posterior, que lo hubieran hecho en cajas fuertes o máquinas cercanas a su puesto de trabajo o en el interior de sofisticados aparatos de máxima seguridad, o simplemente que se echaran al bolsillo por aquello de la alarma o la psicosis social algunos de los billetes que tenían más a mano con el poderoso afán de pasar la próxima jornada de la manera más normal posible, es decir, ir al comprar el pan por la mañana o tomar una caña en el bar durante la noche en compañía de unos amigos, de nada sirvió, pues a la mañana todos esos billetes, se encontraran en un sitio u otro, fueron sustituidos por poemas, poemas de mayor o menor extensión, de autores reconocidos o poco conocidos pero de gran talento, de alemanes, franceses, italianos, ingleses y españoles, y también de poemas traducidos de lenguas exóticas o de culturas más lejanas que mostraban, no ya una manera diferente de entender la poesía, sino una manera diferente de entender la vida, que le enseñaba al hombre de dónde venía, qué era y hacia dónde iba, secretos que, por lo demostrado, al hombre le interesaban bien poco. Cuando quisieron acordar, lo que se llamaba billete, había desaparecido.
Al día siguiente, cuando la calle era el caos y el caos era la calle y la responsabilidad rebasó y superó a las cajas de ahorros y a los bancos y a sus dirigentes y dueños y pasó a ser ya una cosa institucional, un asunto candente en las manos de un gobierno inexperto en emergencias de complejidad cultural (la población tenía otras prioridades por encima de la cultura y mucho más por encima de la poesía), el primer comunicado oficial, referido a las 0:17 horas del día 10 de Mayo de 2010, señaló claramente: El país necesitaba un día de análisis y reformas. Los técnicos y expertos oportunos (el gobierno no acertó a indicar a qué clase de expertos se referían) evaluarían la situación y sabrían reconducirla convenientemente después de este fenómeno. Hasta en el segundo comunicado, que se difundiría por prensa, televisión y radio al mismo tiempo, el presidente suplicó al pueblo que aguantaran la situación con lo que tuvieran guardado para emergencias o almacenado en stock, que si a algún familiar o vecino o amigo le faltaba comida, no dudara en pedir caridad a alguien cercano, pues esa caridad no sería cuestión más que de un día y nada más, incitó a los comercios a hacer grandes guisos para el bien de la vecindad y se refirió a parques públicos como lugares de encuentro y realización de estos actos, dejó entrever que a cambio los organizadores recibirían una generosa ayuda gubernamental, y finalmente, pidió confianza, no solo a bancos y cajas de ahorros, sino también a ciudadanos de a pie, ricos, medio ricos o medio pobres. De los pobres totales, ni siquiera se acordó.
Las primeras medidas del gobierno fueron del todo certeras y bien calculadas. Recurrir a poetas y economistas por partes iguales. De los economistas, se sabían quiénes iban a ser los representantes en el gabinete de crisis ¿Pero a qué poetas habían de recurrir en casos de este calado? El gobierno optó por la vía oficial mandando un comunicado urgente a la Real Academia de las letras, solicitándole la presencia de los poetas más contrastados del país en el palacio de congresos. Allí se habilitaría una sala para discutir y se tomarían las medidas necesarias. Y así fue. Los economistas solicitaron sustituir los billetes por los poemas que ahora dispensaban las máquinas, siempre y cuando éstos se midieran por el número exacto de caracteres. Quién más caracteres tuviera en su papel, más valor encontraría en su poesía. De inmediato fue recriminada esta medida por un poeta, señalando acertadamente, que ningún poema dispensado siguió el mismo criterio por el cajero, según el cual el número de caracteres influiría en la máquina a la hora del reparto, sino que se hizo respondiendo a un criterio azaroso, donde cualquier poema era repartido “porque sí” ante cualquier petición expresa de dinero. Así, concluyó, nuestra labor sería recopilar y analizar esos poemas, dotar de un baremo al ciudadano de a pie según los títulos y dejar actuar al libre mercado como hasta ahora. Simplemente, cambiaría el papel y lo que pone en el papel, pero la función sería idéntica. No se entrarían a valorar los méritos de la carrera del poeta, sino simplemente los méritos del poema. ¿Era posible separar estos aspectos? Preguntó un experto estadista. Por supuesto, contestó otro poeta.
A la hora de evaluar los poemas, el gobierno tuvo que acudir a traductores y filólogos, aumentar a su vez al número de expertos implicados, y, debido al cariz que estaba tomando el caso y su extrema pertinencia, pidió en un segundo comunicado al pueblo más paciencia, más solidaridad y más confianza, que era justo lo que el pueblo esperaba del gobierno. Ahora, habría una semana más de margen, una semana en la que el pueblo vagaría sin vigía, sin nadie que le orientase, el tiempo necesario para que el gabinete de expertos calibrase y equilibrase la nueva situación.
Y lo hicieron medianamente bien, mientras los expertos trabajaron a granel buscando una solución urgente (en el fondo un futuro reconocimiento histórico y popular y una ventana a la inmortalidad), el gobierno contuvo a duras penas el impacto de lo sucedido, frenó las dudas y el recelo y justo cuando el pueblo parecía insurrecto o casi insurrecto y cuando las calles parecían caldo de revolución, repartieron panfletos que comparaban las divisas anteriores con los poemas ahora dispensados y difundieron las equivalencias exactas billete-poema en los medios, provocando que el pueblo, como en una inercia borreguil, adquiriera la costumbre de leerlos, compararlos y actuar en consecuencia. En poco tiempo, las nuevas costumbres parecieron adoptarse de manera natural y la gente negociaba con los poemas como antes lo hacían con los billetes. Daba igual que algunos se esforzaran por recitarlo antes de efectuar cualquier transacción o comprar en la frutería más cercana, poco importaba que existieran después corrientes periodísticas que calificaran el fenómeno como el gran impulso cultural que necesitaba el país o que los poetas menos reconocidos se asociaran y pidieran una reorientación de la divisa y el sistema de medida (iban a ser ignorados o silenciados o las dos cosas por igual), resultaba indiferente que hubiera quién sugiriera la vuelta al trueque, o que algunos “poeterroristas” introdujeran a la hora de hacer un ingreso en el cajero sus propios poemas resultado de su manera de entender la poesía y que luego estos se mezclaran y se difundieran entre el resto, nada en el fondo había cambiado y la vida seguiría igual, aunque la economía fuera para entonces un estéril, inmenso y abstracto poema, donde lo de menos eran las palabras.
El examen.
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orre Abril de 1970. En el aula, ha comenzado el examen hace dos minutos. Es la prueba definitiva de Historia. Por el corredor deambulan alumnos que no saben si presentarse o no. Si lo hacen, se arriesgarán a completar un ejercicio pésimo, si no, lo más posible es que marchen junto a otros compañeros a tomar tequila hacia un bar cercano. Muchos andan pensando ya en el mundial de fútbol, que asoma a la vuelta de la esquina. Quién ha estudiado, sin embargo, está en su pupitre manos a la obra. El profesor, como acostumbra, deja cinco minutos de margen por si existen rezagados. Justo cuando se dispone a cerrar la puerta, Rodolfo embutido en su traje espacial llega listo para realizar el examen. Su caminar es lento y pesado, al estilo de un rinoceronte. El profesor se impacienta y deja caer una señal, con sus dedos índice y corazón, se golpea dos veces la muñeca de manera leve. Rodolfo asiente, pero el visor apenas se mueve y el profesor ni siquiera lo percibe. “Venga hombre”, comenta a su llegada. Y Rodolfo acelera el paso, pero a tal velocidad que su autocontrol disminuye y eso provoca que acceda al aula arañando el marco de la puerta con un saliente del tanque de propergol que lleva sujeto a la espalda. El impacto, un chirrío que despega del papel la mirada de algunos alumnos. El profesor, molesto, cierra la puerta a su espalda.
Bajo el casco, Rodolfo suspira aliviado. Adelantó su despertador dos horas con tal de acudir a clase debidamente equipado. La ayuda de su madre y su hermana ha resultado fundamental para enfundarse el traje y poder llegar a tiempo. Poco a poco, consigue calcularlo mejor. Intenta encontrar dos asientos vacíos, el suyo y el situado justo a su espalda, donde apoyará el tanque de propergol. La distribución del alumnado es asimétrica, y de igual manera que en otros exámenes, existe una alta ocupación de las filas traseras y un lento goteo en las primeras.
Tratándose de un aula universitaria, las mesas yacen físicamente unidas, inseparables. Las filas varían de altura, de menor a mayor, conforme te acercas al final. La mesa del profesor deprimida hacia lo más bajo del aula. El profesor ha impuesto entre alumnos una diferencia mínima de un asiento. El azar condiciona la elección de Rodolfo, que deberá situarse céntricamente entre la fila tres y la cuatro. Para llegar, deberá pedir permiso a Selena y a Rafael, que se situaron más cerca del pasillo. Primero habrá de salir Selena al pasillo, después Rafael, entonces Rodolfo se desplazará fila adentro y Rafael volverá a su sitio y más tarde Selena ocupará su asiento, y a Rodolfo le recuerda el procedimiento al que emplea para reordenar sus libros de astronomía.
Pero Selena es de las que aún no han despegado la vista del papel, y además, se coloca tapones en los oídos porque el ruido estorba su concentración a la hora de hacer los exámenes, así que ni siquiera ha advertido la presencia de Rodolfo, que va acercándose hasta su vera subiendo las escaleras con esmero. Selena, concentrada en su examen, repasa las preguntas una vez más. La tercera conlleva cierta dificultad. El papel no está del todo satinado ¿será reciclado? Rodolfo lamenta interrumpir la escena, pero necesariamente ha de hacerlo si no quiere perder más tiempo del que dispone para completar el examen. Emite un ruido, “shhhhe”, pero el casco amortigua tanto el sonido que es como si nunca hubiera existido. Selena ni se entera. Entonces, opta por usar el micrófono interno del traje, necesario en este tipo de situaciones. “SELENA ¿ME DEJAS PASO, POR FAVOR?”, retumba en la sala. Selena asustada, le mira con pavor. Los alumnos lo miran. Rodolfo ha olvidado ajustar el volumen, hace tiempo que no usaba el micrófono interno. Lo hace ahora. “Selena, ¿me dejas paso, por favor?”, repite, y suena robótico, pero a un volumen mucho más moderado. Desde abajo, el profesor observa con recelo. Selena sale al pasillo, Rafael, atento, repite la operación. Entonces, al fin, Rodolfo puede pasar.
Rodolfo se gira de lado y lo intenta, el espacio es estrecho, o al menos, estrecho para su volumen, para Selena o Rafael por ejemplo es ancho. En su primera tentativa, el tanque de propergol queda encajado entre las mesas de arriba y abajo. Cualquiera me saca ahora. Con empeño, fuerza el tanque hacia arriba y consigue apoyarlo de espaldas sobre las mesas de adelante, y así llega a su asiento. Lo hace maltratando los exámenes de los compañeros que descansaban sobre la mesa, arrastrándolos hasta que finalmente la gravedad los precipita hasta el suelo. Afortunadamente ninguno había comenzado a escribir.
Acude el profesor, que reparte un nuevo examen a Selena. Y otro a Rafael. Y uno más para Rodolfo. Cabreado, con sus ojos repletos de ira, se dirige a este último y le dice firme y en voz baja: “Ni una más, ¿entendido?”.
Rodolfo lee detenidamente el examen. Cinco preguntas. La primera la sabe. La segunda solo a medias. De la tercera ni idea. Con la cuarta podría sacar algo. La quinta es tipo test y alberga dudas. Hace cálculos. Entre el cuatro y el seis podría ser su nota final. Si ayer no hubiera estado viendo ese documental sobre el sistema solar… “Bueno, llegar a la luna también fue un largo camino repleto de trabas”, y aúna optimismo, y se dispone a escribir.
Pero Rodolfo ha olvidado los bolígrafos. Suele traer dos en el compartimento del pecho, excepto hoy, que no acordó con las prisas, “Ni una más, ¿entendido?”, resuena en su cabeza. Se agobia y entra en calor. Le cuesta respirar. Conecta la bomba de oxígeno con tal de airearse. Sobre la clase resuena un lento ejercicio de respiración.
Inspira… expira. Mira hacia delante y distingue sentada a Cristina. La diosa fortuna, se dice, Cristina siempre tiene bolígrafos. Y ese cuerpo tan hermoso. La llevaría hasta la Luna si ella lo pidiera. La imagina despertando a su lado, y confesando, “Rudy, te amo”. Pero no, ahora tan solo debe pedirle un bolígrafo. Con la mano, toca su hombro, Cristina se gira. Por señas, le indica: “Yo”, se señala el pecho, “No”, oscila con el índice hacia ambos lados, “bolígrafo”, y hace el gesto de quién escribe en el aire, sin sujetar nada en la mano. “Ah”, dice ella, rebusca en su cartuchera, “Solo tengo uno rojo”, susurra, “Bueno”, parece indicar Rodolfo, que se conforma encogiéndose de brazos, le pasa el bolígrafo, es tan bonita, Rodolfo intenta acariciar su mano, como en código interno, como mandándole una señal intergaláctica, pero el guante es enorme y consigue molestarla más que otra cosa y Cristina se gira y continúa a lo suyo.
Por fin, un bolígrafo. Aunque debería haberse traído los guantes para operaciones especiales, la letra le sale enorme. Si no la ajusta, se queda sin folio y ya dijeron que para este examen no darían más papel, que habría que aprender a administrarse. Sin folio no hay preguntas bien hechas, sin preguntas bien hechas no hay aprobado, sin aprobado, no hay carrera, pero si ajusta la letra, tardará más, y si tarda más, se queda sin tiempo, y sin tiempo, no hay aprobado, y sin aprobado, tampoco hay carrera, y se siente perdido y flotando en un agujero negro.
Es demasiado tarde para pedir una prueba oral, el profesor gira alrededor de su órbita. A veces lo ve, a veces no, como les suceden a algunos satélites. Debe hacer el examen, esforzarse al máximo, intenta escribir con cirujana precisión, con más esmero del que nunca ha mostrado, orgulloso, tarda, pero llega casi al final.
Quedan pocos alumnos en el interior del aula. Se distingue un aliviado murmullo procedente del exterior. Aún le hace falta un plus para aprobar, la cinco, la pregunta cinco bien contestada, la del tipo test. Tiene que saberlo a toda costa. Si tan solo alguien pudiera ayudarle, indicarle a ciencia cierta. Rafael quizás. Es buen estudiante, y también buena gente, a veces charlan justo antes de entrar a clase. Podría ayudarle, sí. Con un gesto, un solo gesto. Espera a que Rafael mire. “Rafa, no jodas”. Hay veces que si miras mucho a una persona, tarde o temprano corresponde, aunque ésta ande ocupada, como si fuerzas de otro planeta así lo quisieran. Lo mira con fijación, concentrando su pensamiento, intensificando los sentidos. El profesor permanece ahora en su asiento, consultando los exámenes que descansan ya sobre su mesa. “Veeeenga Rafa gírate”, suplica Rodolfo durante un rato. Y entonces, Rafael se gira y mira.
Con un aleteo del brazo pretende mantener su atención, “Eh”, y siente la tentación de pulsar el micrófono interno y gritar, pero no lo hace y se inhibe como un grito en el espacio. Por suerte, Rafael se ha percatado. O eso parece. ¿Es la “C”? pregunta arqueando la mano como la pezuña de un dinosaurio. La “C”, insiste fijando la pezuña en el aire, considerando que, habiendo sólo una tipo test, Rafael debe entenderlo perfectamente, sí, asiente Rafael, sí, sí. Repite asintiendo con la cabeza, “es esa”, lee en sus labios. ¡Sí! Es la C, ¡la C!, y Rodolfo se apresura a señalar la casilla correspondiente justo cuando el reloj marca la hora en la que concluye el examen.
En ese momento, escucha una silla arrastrarse. Eleva la mirada y entiende que es el profesor quién retiró la suya hacia atrás. Ahora se ha puesto en pie, y poco a poco, sube las escaleras dirigiéndose hacia él. Por la cabeza de Rodolfo surgen dudas del tamaño de un asteroide. Mira de nuevo al profesor. Su mirada es impermeable y exhibe un gesto de media sonrisa ¿Aliviado porque recoge los exámenes o satisfecho de haberlo sorprendido pasando el límite? Suspira, podría pulsar el propulsor, activar el tanque de Propergol y desaparecer por la ventana, podría huir del aula y de esta universidad, de este planeta, de esta galaxia, de este universo, pero cómo en casa explicarlo luego.
Gregorio Samsa despertó tumbado sobre un almidonado colchón de poliéster que era parte integra de la gélida habitación donde dormía desde que era un niño. Las paredes, de tanto blanco casi gris, espiraban su armónico silencio y un olor neutro, en el fondo vacío y miserable. La ventana, de apariencia traslúcida y teñida en motas de polvo, dejaba pasar una luz apenas centelleante, casi inerte. Paralelo, discurría el lánguido existir de Gregorio Samsa, que esa mañana, tras haber sufrido una desconcertante y feroz pesadilla, se despertó convertido en el más monstruoso de los insectos.
“Me duele todo el cuerpo”, pensó.
Texto Virginia Woolf o vanguardista.
Esta habitación viene mirándome extrañamente desde hace meses, como si yo fuera un bicho raro, quizás su influjo tenga que ver con que haya estado soñando aterradoras variedades de mi existencia noche tras noche, con su momento culminante y más violento ayer, que me soñé secuestrado por mi propia familia. Así, es normal que me levante sobresaltado, con el vientre bombeado de tanto ajetreo, la espalda entumecida, las piernas afligidas y la tentación de dejarme caer en este suelo aséptico.
¿Por qué me siento tan fuera de lugar?
Texto Thomas Pynchon o postmoderno.
La comunidad de insectos amaneció sobresaltada aquella mañana. Como tras un sueño intranquilo, cuchicheaban débiles y asustadizas la noticia del día: Si seguías los conductos de ventilación, la primera bifurcación hacia la izquierda y luego todo recto hasta el húmedo descansillo, allí donde debían estar los más jóvenes insectos de la comunidad, descansaba entonces un monstruoso humano, el cual debía ser convenientemente apartado.
“¿Qué cojones ha ocurrido aquí?”, pensaban algunos insectos.
Mis manos no parecen mías sino unas prestadas, las de alguien adulto y robusto, las de otro lastrado por una juventud adherida a las paredes de su memoria, alguien que enfanga el piso con cada paso que da, que deja escapar la vida mientras su otro yo no le da tiempo a despedirse antes de ser absorbido por un lodo negro que todo lo tapa con una cortina de olvido.
Noto mi mandíbula encajándose de manera semejante a la del muñeco de un ventrílocuo, y los dientes ásperos desprendiendo el aliento astringente de una vieja botella de Bourbon. No me reconozco al reflejo de esta cristalera que me acompaña, me entiendo amorfo entre sombra y sombra de cada parada de metro, casi tan anónimo como los rostros que me acompañan. Ahora sí debería fijarme en la deformidad de sus caras, en los ínfimos detalles que los hacen reconocibles, en sus miradas, en el arqueo de sus cejas, en el temblar de sus piernas. ¿Son los mismos que venían acompañándome paradas atrás? Y es que a veces vivo y no vivo, voy de prestado y no atiendo al paisaje, actúo como si el mundo me debiera atención y no al contrario; pero qué desagradecido, quizás por ello no soy quién creía ser, quizás por eso soy prisionero de mis recuerdos y no entiendo más allá, ni sé cómo llegué aquí a la mañana, ni que soy, ni que seré… lo cual ni siquiera es recuerdo. Reaparecen las sombras y todo se asemeja a una estampa imaginaria. ¿Será mi piel consecuencia de un prematuro y repentino envejecimiento o simplemente me imagino joven cuando ya no lo soy tanto y está sucediendo justo al revés de cómo lo estoy sintiendo?
Percibo en fotogramas el cambio de estación y me hago nuevamente mayor, aún más que antes, al final, otra persona distinta. Algunos años más, aunque no sabría precisar cuántos. Sorprende envejecer de pronto, sentir que vas amoldándote a la premonitoria traición de tu cuerpo, de la manera a la que un líquido se hace al envase, aceptando el caprichoso dictado del tiempo. Ahora luzco una cicatriz en mitad del brazo y casi ni me inmuto, pues echando la vista atrás comprendo que me la provoqué jugando con mi hijo. Como a vista de vidrio mi mente resalta las imágenes de una caída, los cristales esparcidos junto a mi cuerpo y un ligero derrame de sangre. Un momento, ¿mi hijo? ah sí, tengo un hijo, claro, y también mujer, y ahora al pensarlo la echo de menos, extraño su cabello deslizándose sobre mi vientre… pero eso era antes, cuando éramos tan jóvenes que aún no existía Saúl. Debería levantarme del asiento con las manos agarradas a mi cabeza, tirar el libro sobre la cristalera y vocear mis lamentos. ¿Por qué? ¿Por qué a mí y no a otro este viaje demente, por qué aguantar un aluvión de imágenes sin buscar al culpable, y si soy yo, por qué no saltar del tren en marcha y dejar que este cuerpo termine descuartizado, abandonado a partes en mitad de las vías? Por el contrario, permanezco sentado, enfundando mi alma en esta nueva cubierta, dejando pasar las estaciones. Mi libro ha cambiado, ahora es El siglo de las luces, de Alejo Carpentier.
Es entre pestañeos cuando la luz vuelve y heme aquí en una nueva parada de metro. Estoy fatigado, con una barriga de más y pelo de menos, la calvicie engulle mi pelo que se perfila cómo posterior adorno del peine, las manos agrietadas en indescifrable jeroglífico, los ojos ocluidos cómo un anciano bebé y este indómito dolor del nervio ciático, propio del insurgente ya vencido, de quién renuncia al reto de retar al tiempo. Para colmo, delante ya no están los que eran y ahora veo a una mujer con su alegre vástago mirándome pasmado desde el asiento del carro, restregando su temprana edad por mi conciencia y torturándome sin misericordia. Me consuela pensar que le pasará lo mismo, que se pudrirá igualmente envejeciendo en otro vagón que le conduzca al desconsuelo. No, no. Me arrepiento y me apena lo que recién he pensado, pues asocio ese chico a mi sobrino, un nuevo sobrino que se manifiesta ahora en mi cabeza. Entiendo pues estos recuerdos como míos y contemplo a mis hermanos adultos atendiendo a sus familias y a mis padres ya ancianos vendiendo por fin su casa y paseando por la playa hasta superar el infinito. Luego me observo otra vez en la cristalera, de nuevo más viejo, mayor, no anciano pero sí mayor, cómo cuando éramos críos y decíamos “éste o aquel es una persona mayor”. Soy entonces el reflejo, lo que veo y no lo que vi, un jovencito apenas unas paradas atrás. Sostengo un libro de ensayos de Ortega y Gasset, y miro alrededor sin articular palabra, bordeando en espiral lamentos por un tiempo perdido.
Otra parada más. Ahora voy vestido como el anciano que soy y una fina tela me separa del mundo. He sustituido el libro por un bastón que descansa entre mis rodillas. Tengo las uñas azafranadas y mugrientas, padrastros que estorban unos dedos con la piel asfixiada, raspándose al tacto recíproco que les impongo. Siento el vello fugitivo escapando de mi nariz y asomándose al vacío, lo siento también en mis oídos dibujando caracolas y entonces me percato que mis orejas son de algún modo gigantescas, enormes para las que fueron y más propias de un elefante. Mi nariz también ha crecido. Soporto mis piernas flacuchas, calvas y débiles agradeciendo al suelo su apoyo. Noto mis ojos anquilosados y extenuados del uso, suplicando descanso eterno. Definitivamente se acaba mi tiempo, en apariencia eterno cuándo subí a este vagón. La vida ha pasado delante de mí y ni siquiera he podido guiñarle un ojo. Mis recuerdos se alborotan en la antesala de mi mente buscando la excelencia de que algún día disfrutaron. Me entretendrá un rato ordenarlos, al menos el tiempo que ocupen estos pasajeros en apearse sin decir adiós, dejándome solo y viajando a oscuras hasta la siguiente parada.
Sospecho que la luz no volverá al próximo abrir y cerrar de ojos.
Después de desayunar junto a mi padre y despedirlo, mi madre arregla la casa, revisa alguna película en el televisor y telefonea a sus amigos en la búsqueda del último rumor. Yo, aludiendo a mi oficio de escritor, me encierro en la habitación a hacer como el que escribe. En realidad, es el vehículo perfecto para llegar a la soledad. No se qué habría sido de mí en esta casa de ser jardinero, camarero o vendedor de palomitas. El bloqueo que sufro es de idéntica proporción al mal que ha desolado las calles. A diferencia de los grandes, desde el caos me es imposible escribir.
La jungla de asfalto ha amanecido hoy azotada por el sol. Suena increíble no alzarse libre al exterior en condiciones como éstas, pero es igual que la estampa de una bella musa dispuesta a acabar contigo, irresistible y con esos ojos del color del pecado. Nadie se anima a salir cuando las barreras son del mismo material que el miedo.
Los trailers pasan tres veces al día en plena acción, desinfectándolo todo, con las mangueras, el agua a presión y esos productos químicos que han devuelto al alquitrán el verdín típico del bosque. También ves las hierbas crecer desobedientes, los árboles sin trasquilar y entonces comprendes mejor aquello de la jungla de asfalto.
A la partida del primer trailer es cuando miro por la ventana fijando mi atención en el patio del colegio. La plenitud del mismo sólo es divisable desde mi piso y el de arriba, los únicos que superan la maraña de árboles dónde se esconde el lugar en el que aprendimos. Y al rato aparece ella, puntual en irónica burla al sistema. Sólo los más jóvenes pueden retar imposibles desde su temprana inconsciencia.
Primero deambula el patio, lo recorre como la niña que es, telegrafiando sus rincones a sabiendas de que aquella vez puede ser la última. Luego arregla la enredadera que escala la pared del aula por fuera, la calma en su sed, la deshoja de males y la contempla al modo de quién acaba de realizar una obra magna, un oasis en mitad del desierto.
Y es entonces cuando corre al columpio a balancearse. No demasiado tiempo, vaya a ser que alguien la vea, que pase uno de los autobuses por cualquier motivo y entonces ya no pueda salir nuevamente porque se está poniendo en peligro ella y exponiendo así a todos los demás. Suele aparecer de nuevo a la tarde y esconderse hasta un nuevo día. Me pregunto junto a quién vivirá, porqué cuando llueve sale especialmente emocionada haciéndome recordar que de pequeños la lluvia era tan sólo un motivo más para el juego.
Hoy voy a hacerle una señal, llevaba tiempo pensándolo y esperando un día de sol como éste. Desde su panorámica, brindándole un esforzado aleteo quizás capte su atención. He estado preparando un trozo de tela blanca y he dibujado una pintada en su cara externa, “Hola, ¿quieres ser mi amiga?”, pregunto. Lo complicado que hubiera sido hacerlo a espaldas de mi madre de no ser porque “ando escribiendo”, una verdad ahogada en sarcasmo.
Cierro bien la puerta y desenrollo la tela. Ocupa un margen más de lo que tenía pensado y tendré que abrir completamente la ventana para mostrarla en plenitud. Si me vieran podrían multarnos, puede que incluso costara el trabajo a mi padre. Pero el riesgo es insignificante, nadie se asoma a su ventana a espiar a las de arriba. Tenemos una tendencia innata a mirar de arriba abajo, a dejarnos peinar por las nubes y por el sol sin saber la que nos está cayendo encima.
Esparzo la tela y la dejo caer hasta la cornisa. La engancho al interior con un trozo de cuerda y compruebo que se lea bien. Luego hago gestos con el brazo de un lado al otro de manera violenta y en mi mano sujeto un pañuelo de color rojo.
La chica sigue balanceándose ajena a mis movimientos. La propia inercia del columpio le hace ver de manera frontal la fachada del bloque, justo encima de los árboles. Y con suerte me verá a mí. Una vez, y otra, y otra…
De repente, inclina su tronco levemente hacia delante y fija su mirada en este punto. Levanta una de sus manos saludando y sonríe. Luego asiente con la cabeza, y aunque parece que va a pararse, toma impulso de nuevo e insiste en su balanceo, como si de ella dependiera que el mundo siguiera dando vueltas.
Venir aquí como paciente, en lugar de acompañante, es como pasar de una planta de hospital a otra más alta. Sabes que nada bueno hay detrás. Es duro afrontarlo, claro. Sobre todo porque uno interioriza que el hecho de estar aquí, significa cambios profundos e inmediatos en su estilo de vida, hábitos y costumbres que deberán ser limados, asperezas recién nacidas con las que ahora te tocará vivir.
La consulta es un galimatías de rostros que deambulan entre la angustia, la depresión, la desazón, la nostalgia y la esperanza. Ya era presente cuando acompañaba a mi madre, pero se hace más latente ahora, que uno es parte íntegra del cuadro, que mira a su izquierda y ve ese abuelo al que ya no le queda nada que celebrar, a la derecha y entonces ve una chica de apenas catorce años, con la madre al lado aún incrédula, que no ve justo que esto le suceda precisamente a su hija y no a otra que más lo merezca. ¿Pero quién es quién para determinar sus merecimientos? Todos tienen la mirada perdida, fija en algún parador nublado, todos se inhiben, se difuminan en sus pensamientos y es como si no estuvieran y por eso no hay revistas poblando la mesa, por eso no hay carteles adornando las paredes y mostrando las entrañas del ser humano, porque las entrañas poco importan dentro de un cascarón vacío.
Por fin aparece la doctora Montali, sonriendo como habitúa, se dirige a la chica y la llama por su nombre, Estefanía, ¿quieres pasar y hablamos un poquito?, pregunta, la chica asiente con la cabeza, se siente por fin comprendida y a salvo y por eso la mira como quién mira a un ángel y sigue su estela hasta que se pierden en la única habitación aparte. Parece tener un imán con los jóvenes, algo que les da apego con una sola mirada. La madre, parece sentir al tiempo el orgullo herido y el alivio propio de quién deja sus vástagos a buen recaudo. Se deja caer en el respaldo y nos mira con condescendencia, ¿ustedes también?, parece preguntarse.
Éste que ha entrado ahora es abogado, dirigió una demanda hace algunos años de los bloques de pisos cercanos hacia sus propias compañías de ascensores. Diríase que la doctora Montali actúa radialmente, aceptando primero a los pacientes de un entorno inmediato. Él sabe que lo conozco, lo expresan sus gestos nerviosos, su mirada esquiva, por eso decide apartarse y protegerse del mundo mirando a través del ventanal. Él creía, he de suponer, que éste era un mal del que podría librarse. Pues no, caballero, aquí todo el mundo, tarde o temprano, es susceptible de caer, aquí a todo el mundo le baila esta enfermedad que te amuerma, que te secuestra, que te consume y encima te deja vivir por lo que parecen siglos, como si fuera una vulgar mofa. No hay chaquetas ni posición social que puedan librarte.
Yo mismo me veo aquí sentado, esta vez sin compañía. Había imaginado mil veces acabar así aún ignorando el porqué, trataba de burlar tentaciones mirando a través de un bosque de excusas, como si no anduvieran por ahí exhibiendo sus tentáculos. A cada paciente que atendía la Doctora Montali, cada vez que sus manos estrechaban las de mi madre, en cada gesto que acompañaba su invitación al optimismo, en su mirada confiada, en ese baile de salón con el que acompañaba su presentación a los invitados, ahí se sembraron mis futuras visitas. Estar aquí es el principio del miedo y un embrión de esperanza. Es un pasillo a oscuras sin opción a demora en el avance. Señor Machado, por favor, dice su voz. Y a cada paso incierto, a cada huella que lija el piso y escapa de la incertidumbre como si quisiera correr hacia atrás, a cada latir de este corazón a sotavento, fijo mi obsesión en una sola pregunta, Doctora Montali ¿Has venido usted a salvarme o será el principio de todas mis desgracias?