Después de desayunar junto a mi padre y despedirlo, mi madre arregla la casa, revisa alguna película en el televisor y telefonea a sus amigos en la búsqueda del último rumor. Yo, aludiendo a mi oficio de escritor, me encierro en la habitación a hacer como el que escribe. En realidad, es el vehículo perfecto para llegar a la soledad. No se qué habría sido de mí en esta casa de ser jardinero, camarero o vendedor de palomitas. El bloqueo que sufro es de idéntica proporción al mal que ha desolado las calles. A diferencia de los grandes, desde el caos me es imposible escribir.
La jungla de asfalto ha amanecido hoy azotada por el sol. Suena increíble no alzarse libre al exterior en condiciones como éstas, pero es igual que la estampa de una bella musa dispuesta a acabar contigo, irresistible y con esos ojos del color del pecado. Nadie se anima a salir cuando las barreras son del mismo material que el miedo.
Los trailers pasan tres veces al día en plena acción, desinfectándolo todo, con las mangueras, el agua a presión y esos productos químicos que han devuelto al alquitrán el verdín típico del bosque. También ves las hierbas crecer desobedientes, los árboles sin trasquilar y entonces comprendes mejor aquello de la jungla de asfalto.
A la partida del primer trailer es cuando miro por la ventana fijando mi atención en el patio del colegio. La plenitud del mismo sólo es divisable desde mi piso y el de arriba, los únicos que superan la maraña de árboles dónde se esconde el lugar en el que aprendimos. Y al rato aparece ella, puntual en irónica burla al sistema. Sólo los más jóvenes pueden retar imposibles desde su temprana inconsciencia.
Primero deambula el patio, lo recorre como la niña que es, telegrafiando sus rincones a sabiendas de que aquella vez puede ser la última. Luego arregla la enredadera que escala la pared del aula por fuera, la calma en su sed, la deshoja de males y la contempla al modo de quién acaba de realizar una obra magna, un oasis en mitad del desierto.
Y es entonces cuando corre al columpio a balancearse. No demasiado tiempo, vaya a ser que alguien la vea, que pase uno de los autobuses por cualquier motivo y entonces ya no pueda salir nuevamente porque se está poniendo en peligro ella y exponiendo así a todos los demás. Suele aparecer de nuevo a la tarde y esconderse hasta un nuevo día. Me pregunto junto a quién vivirá, porqué cuando llueve sale especialmente emocionada haciéndome recordar que de pequeños la lluvia era tan sólo un motivo más para el juego.
Hoy voy a hacerle una señal, llevaba tiempo pensándolo y esperando un día de sol como éste. Desde su panorámica, brindándole un esforzado aleteo quizás capte su atención. He estado preparando un trozo de tela blanca y he dibujado una pintada en su cara externa, “Hola, ¿quieres ser mi amiga?”, pregunto. Lo complicado que hubiera sido hacerlo a espaldas de mi madre de no ser porque “ando escribiendo”, una verdad ahogada en sarcasmo.
Cierro bien la puerta y desenrollo la tela. Ocupa un margen más de lo que tenía pensado y tendré que abrir completamente la ventana para mostrarla en plenitud. Si me vieran podrían multarnos, puede que incluso costara el trabajo a mi padre. Pero el riesgo es insignificante, nadie se asoma a su ventana a espiar a las de arriba. Tenemos una tendencia innata a mirar de arriba abajo, a dejarnos peinar por las nubes y por el sol sin saber la que nos está cayendo encima.
Esparzo la tela y la dejo caer hasta la cornisa. La engancho al interior con un trozo de cuerda y compruebo que se lea bien. Luego hago gestos con el brazo de un lado al otro de manera violenta y en mi mano sujeto un pañuelo de color rojo.
La chica sigue balanceándose ajena a mis movimientos. La propia inercia del columpio le hace ver de manera frontal la fachada del bloque, justo encima de los árboles. Y con suerte me verá a mí. Una vez, y otra, y otra…
De repente, inclina su tronco levemente hacia delante y fija su mirada en este punto. Levanta una de sus manos saludando y sonríe. Luego asiente con la cabeza, y aunque parece que va a pararse, toma impulso de nuevo e insiste en su balanceo, como si de ella dependiera que el mundo siguiera dando vueltas.
Venir aquí como paciente, en lugar de acompañante, es como pasar de una planta de hospital a otra más alta. Sabes que nada bueno hay detrás. Es duro afrontarlo, claro. Sobre todo porque uno interioriza que el hecho de estar aquí, significa cambios profundos e inmediatos en su estilo de vida, hábitos y costumbres que deberán ser limados, asperezas recién nacidas con las que ahora te tocará vivir.
La consulta es un galimatías de rostros que deambulan entre la angustia, la depresión, la desazón, la nostalgia y la esperanza. Ya era presente cuando acompañaba a mi madre, pero se hace más latente ahora, que uno es parte íntegra del cuadro, que mira a su izquierda y ve ese abuelo al que ya no le queda nada que celebrar, a la derecha y entonces ve una chica de apenas catorce años, con la madre al lado aún incrédula, que no ve justo que esto le suceda precisamente a su hija y no a otra que más lo merezca. ¿Pero quién es quién para determinar sus merecimientos? Todos tienen la mirada perdida, fija en algún parador nublado, todos se inhiben, se difuminan en sus pensamientos y es como si no estuvieran y por eso no hay revistas poblando la mesa, por eso no hay carteles adornando las paredes y mostrando las entrañas del ser humano, porque las entrañas poco importan dentro de un cascarón vacío.
Por fin aparece la doctora Montali, sonriendo como habitúa, se dirige a la chica y la llama por su nombre, Estefanía, ¿quieres pasar y hablamos un poquito?, pregunta, la chica asiente con la cabeza, se siente por fin comprendida y a salvo y por eso la mira como quién mira a un ángel y sigue su estela hasta que se pierden en la única habitación aparte. Parece tener un imán con los jóvenes, algo que les da apego con una sola mirada. La madre, parece sentir al tiempo el orgullo herido y el alivio propio de quién deja sus vástagos a buen recaudo. Se deja caer en el respaldo y nos mira con condescendencia, ¿ustedes también?, parece preguntarse.
Éste que ha entrado ahora es abogado, dirigió una demanda hace algunos años de los bloques de pisos cercanos hacia sus propias compañías de ascensores. Diríase que la doctora Montali actúa radialmente, aceptando primero a los pacientes de un entorno inmediato. Él sabe que lo conozco, lo expresan sus gestos nerviosos, su mirada esquiva, por eso decide apartarse y protegerse del mundo mirando a través del ventanal. Él creía, he de suponer, que éste era un mal del que podría librarse. Pues no, caballero, aquí todo el mundo, tarde o temprano, es susceptible de caer, aquí a todo el mundo le baila esta enfermedad que te amuerma, que te secuestra, que te consume y encima te deja vivir por lo que parecen siglos, como si fuera una vulgar mofa. No hay chaquetas ni posición social que puedan librarte.
Yo mismo me veo aquí sentado, esta vez sin compañía. Había imaginado mil veces acabar así aún ignorando el porqué, trataba de burlar tentaciones mirando a través de un bosque de excusas, como si no anduvieran por ahí exhibiendo sus tentáculos. A cada paciente que atendía la Doctora Montali, cada vez que sus manos estrechaban las de mi madre, en cada gesto que acompañaba su invitación al optimismo, en su mirada confiada, en ese baile de salón con el que acompañaba su presentación a los invitados, ahí se sembraron mis futuras visitas. Estar aquí es el principio del miedo y un embrión de esperanza. Es un pasillo a oscuras sin opción a demora en el avance. Señor Machado, por favor, dice su voz. Y a cada paso incierto, a cada huella que lija el piso y escapa de la incertidumbre como si quisiera correr hacia atrás, a cada latir de este corazón a sotavento, fijo mi obsesión en una sola pregunta, Doctora Montali ¿Has venido usted a salvarme o será el principio de todas mis desgracias?
Los sueños de los vecinos del bloque conviven en la planta subsuelo. Allí, se puede escuchar a Vicente “el Chalado” cantar por bulerías una de Manolo Caracol, mientras su esbelta vecina, monitora de aerobic y residente en el tercero a, interesada ahora también en el mundo del flamenco, escucha atentamente sus progresos. Luego, se les cruza un crío haciendo cabriolas en su alfombra voladora, no es otro que Jaime, el niño ciego del Noveno B, en su versión subsuelo. Tras varias piruetas imposibles, vuelve a casa, enrolla la alfombra con una cuerda de aire, siempre delicado y tomando las puntas, y la deposita ya amarrada en su plaza de parking adosada a la entrada. Alguno diría que estos sueños yacen mustios o enterrados en catacumbas de cobre, asfalto y hormigón, pero no es así. En la planta subsuelo existen y se respiran con un aire casi puro, de un ligero toque a cloroformo. Realmente no es esta sustancia, pero a escala real no se le parece otra y por eso así establecemos el margen de comparación, se trata de una aún más dulce con propiedades somnolientas. Hay que tener, por tanto, cuidado de no entrar en trance si paseas por la planta subsuelo. Por eso, el técnico del ascensor, que es de los pocos que conoce la clave para bajar diecisiete metros hasta la planta subsuelo, debe llevar en su casa, una hora antes de acudir a la planta, una mascarilla y una bombona rellena de aire típico de allí, para ir acostumbrando el cuerpo a ese idílico sentir, que es el sentir de cuando uno camina por la planta subsuelo. Los límites de esta planta no están estrictamente definidos, y se estiran hasta dónde llega un sueño, en el de Merci, por ejemplo, se limita a una gran sala de cine dónde los espectadores pueden verla actuar en películas con similar estilo al de Ingrid Bergman, su principal referente. Se entretiene luego paseando a la entrada de la sala y preguntando a los asistentes su opinión formada acerca de la cinta que han podido disfrutar. Algunos días vuelve a casa preocupada, pues los sondeos referentes a su interpretación no han sido todo lo satisfactorios que ella hubiese querido, pero conviene reconocer, que, en términos generales, los espectadores no sólo admiran las cualidades interpretativas de Merci, Mercedes del Castillo para el gran público, sino que hasta los más vehementes críticos fantasean con una noche de lujuria a solas con ella, y eso, que en cierta ocasión pudo escuchar en un corrillo de hombres a la cola del servicio, la complace fervientemente. Pero hablábamos de los límites y los límites son muy subjetivos, para Gabriela, sus límites lo establecen las paredes de su piso, dónde acuden cada día sus cuatro hijos, dos varones y dos hembras, con sus respectivas familias, a comer y pasar una sobremesa agradable. Ella se esmera desde por la mañana para que su habitual pollo al horno, el intermitente pato a la naranja o el aún más esporádico atún encebollado expresen su punto ideal justo cuando la familia se dispone a hincarle el diente. Corta la cebolla picándola a trocitos minúsculos, deja el pollo reposar junto a los condimentos para que cojan confianza y lucha contra esas pequeñas virutas casi espinas que el atún exhibe con sumo descaro. Son ejemplos contrapuestos al de Pedro Ochoa, del octavo A, cuya puerta, cuando se abre, da a una austera tienda de campaña, con las salchichas en lata amontonadas al final, un saco de dormir Energizer y un pequeño lumogaz, dispuesto a usarse en caso de visita. Porque si lo visitas, encontrarás a Pedro Ochoa cada vez en una montaña diferente, dependiendo del día de la semana. A Pedro los lunes le gusta escalar en territorio andino y los jueves se pierde por el Everest, mientras los domingos puede estar en la sierra de Grazalema estudiando los Pinsapos, manía que le entra de vez en cuando.
Lo difícil es combinar los horarios de todos estos, es decir, los que habitan en la planta subsuelo, con su otra versión de arriba, los que residen en cada uno de los pisos dejando escapar sus sueños. Y es que, resultaría embarazoso, que por ejemplo, Vicente “El Chalado”, cantaor flamenco, se encontrara con el otro Vicente, el albañil que fantasea con hacer recitales en las peñas del barrio, que Merci descubriera que su única relación con la interpretación es cuando miente al marido acerca de los orgasmos que ha tenido después de practicar el coito, o que el niño ciego del noveno B se tropezase consigo mismo en el ascensor, escuchara su propia voz y tuvieran que preguntarse entre sí porqué uno puede volar y el otro no. Pero para eso está Matilde, la portera, la única cuyo sueño era tan parecido a su realidad, que se decidió, no debía tener correspondencia en el subsuelo. Ella siempre quiso ser útil en su entorno, atender a la gente y ayudarles a cumplir sus sueños, y a eso precisamente dedicaba un día tras otro. Algunas veces la espalda le incordiaba y tenía incluso que visitar al médico por si se trataba de una hernia, pero conseguía sobreponerse y coordinar los horarios eficientemente. Curioso resultaba lo bien que se le daba esta función y lo inútil que era, por ejemplo, para resolver un sudoku de dificultad “fácil”. “Grabiela, ¡Debes salir por el pan a las dos y veintisiete de la tarde!”, decía, o “Si quieres ir a Coronel Tapiocca, deberías hacerlo ya”, advertía luego a Pedro ascensor abajo.
Su único desliz en muchos años, fue aquella vez que Paulita, ahora convertida en Paula, una preciosa adolescente que ha comenzado este año sus estudios de medicina, cayó ascensor abajo aprovechando que el técnico lo había parado en el séptimo piso para efectuar unas reparaciones y Matilde estaba barriendo el descansillo. Ese día, Paulita se asomó al ascensor y perdió el equilibrio precipitándose hacia la planta Subsuelo, con la suerte de que fue a caer en una colchoneta de aire. Allí, se le pasó el susto inicial gracias a su profesora de párvulos favorita, esa que cantaba divertidas danzas, pues supo tranquilizarle para luego llevarla hasta un parque repleto de columpios y de niños que jugaban entusiasmados. Conoció a Paula, la que habitaba entonces en la Planta Subsuelo, ahora ya una cirujana plástica de reconocido prestigio, y jugaron y jugaron hasta que el técnico del ascensor fue a recogerla. “Es hora de regresar a casa”, dijo, y la subió hasta el cuarto piso. Después, pese a que estuvo un tiempo intentando convencer a sus padres de que existía mucha gente viviendo “muy al fondo del ascensor”, entre unos y otros, le fueron quitando la idea de la cabeza, hasta que finalmente y con el paso del tiempo, acabó olvidándola. “Esta niña se pasa el día soñando”, decía su madre por aquel entonces.
- Lo siento, pero hoy eres titular.-respondió el entrenador. El jugador, terminó de atarse las zapatillas antes de salir al campo.
Todo cambió para el Lázaro Cabrera escritor cuando descubrió que su “yo creador” de mayor calibre germinaba de algún lugar entre la vigilia y el sueño. En este encabalgamiento de dos estados contrapuestos, ese escalón que arrastra a tu yo vital hacia el otro lado, en aquella elongación de la conciencia encharcada en terrenos pantanosos, allí se hallaba el mejor Lázaro Cabrera, no en el aspecto humano claro, no el que hablaba con los amigos, caminaba con su familia un domingo de recreo por el parque o asistía rutinariamente al trabajo, sino aquel que iba a aparecer en las tapas de su recopilación de relatos, la fotografía forzosamente literaria que adornaba el pliegue de su novela, o en su nombre como nombre artístico, que así presentado al aire, sonaba mejor que nunca: Lázaro Cabrera.
En dos ocasiones continuadas pudo comprobar que las ideas de sus primeros mejores relatos (no en los que asentaba sus creencias, su mundo interior o reivindicaciones), provenían de periodos cercanos al sueño. Tan cercanos que se situaban contiguos al periodo estival de la conciencia, y allí, tan sólo un empujón de la última parte de Lázaro Cabrera, el Cabrera humano, el risueño, el simpático holgazán, aquel entregado a placeres como el tabaco rubio, el visionado de partidos de fútbol o el buen sexo, podían rescatar para funciones creativas. De hecho, fueron dos de esos impulsos de “naturaleza aún humana” los que le elevaron el tronco del colchón y obligaron a Lázaro Cabrera a escribir “Cuerpos celestes en la órbita de mi ombligo” y “La extrema vacuidad de los bocadillos de Mamá”. Luego, a la luz del día, Lázaro desarrollaba esas esquizofrénicas tramas, daba empaque a frases talentosamente desordenadas y acentuaba el ritmo prosaico en el que cabalgaba su inconciencia noche atrás. Y eran, efectivamente, buenas ideas.
Y así fueron reconocidas, primero por sus fieles, familiares y conocidos, de una cultura literaria media, y después por profesionales del sector, algunos de los cuales le abrieron las puertas de la industria editorial, auspiciados por lo que podía ser un estilo y ellos querían convertir en un estilo de hacer dinero.
Alertado por este enjambre situacional, Lázaro Cabrera reforzó su empeño en extraer hasta los rescoldos de ese estado ardiente y superfluo de sí mismo, su otro yo lúcido, que no era él y era el que casi soñaba. Colocó una pizarra magnética como cabezal de la cama, otra con tiza frente a sus pies, cuadernos y bolígrafos en la mesita de noche y ordenador y máquina de escribir encima del escritorio, que arrimó convenientemente a la cama. Así, a la mañana, repasaba todo el aparato extractor de su talento, aquellos señuelos literarios con los que convivía su sueño y siempre encontraba algo que le permitía crearse, o continuar, una obra particular. Aunque resultaba un galimatías importante establecer una narración larga bajo esas condiciones, la mezcolanza entre el yo cabal y metódico del Lázaro Cabrera vespertino y Lázaro Cabrera talentoso, el jinete de la duermevela, resultaba literariamente un rotundo éxito.
De un costosísimo e insolidario esfuerzo, nació su primera novela, “Ocho maneras de matar un gato, o sea, la manera de matar a un gato”. Tuvo que abandonar muchas veces sus impulsos somnolientos, acudir de mala gana al trabajo y trabajar durante horas extras para conformar un esqueleto sobre el que pudiera trabajar “el negro”, que es como se autodenominaba con fina ironía en la intimidad Lázaro Cabrera a sí mismo, por eso de que consciente, su talento menguaba, y ya casi dormido, aparecía sus mejores escritos. Así, el lúcido y a la vez literariamente deslucido, el mañanero, el que conocían todos, era “el negro”, el que rellenaba la buena literatura de frases que no desentonaran y sirvieran de nexo entre una genialidad y otra.
El sistema continuó su labor productiva, generando beneficios durante un corto pero intenso periodo de tiempo; nuevo libro de relatos, microrrelatos (estos obtuvieron un aplauso inmediato, pues apenas conocían labor correctiva), ensayos… justo hasta que Lázaro Cabrera firmó un cuantioso contrato con la editorial más poderosa del mercado, lo que vino acompañado de una excesiva responsabilidad, estrés y un trastorno que limitaba de manera casi íntegra la brillantez de Lázaro Cabrera: Insomnio.
El Insomnio actuó como reja hacia sus posibilidades creativas, enjaulándolas, como un calmante aplicado a un insecto, adormeciéndolas, como un peluquero que perdió sus tijeras, castrándolas. Ya no había nada nuevo que decir, pero sí existía la obligación de pronunciarse. Tenía contrato y suprimirlo significaba un tabú millonario, no podía siquiera pensar en la manera de hacerlo.
Decidió escribir, Lázaro Cabrera, la persona, el que existe en todo el espectro del día, en su levedad literaria, en su modesto arte de unir palabras.
La crítica recibió confundida su segunda novela, “Un resquicio de la puerta desde el que te veo”, de la que ya ni siquiera el titulo tenía duende. El contenido era hueco como un árbol cancerígeno, excesivo en su linealidad, demasiado trivial. El efecto eco de su primera obra aún salvó los gastos editoriales, pues vendió tanto cómo dinero se invirtió e incluso algo más se recuperó, pero era a todas luces insuficiente. ¿Qué había sucedido?, se preguntaban los editores, ¿Flor de un día, quizás?
“Esperamos más”, dijeron, pero sonaba de la misma forma que suena un ultimátum.
Las pastillas no encontraron solución. Menguaban su “otro yo”, menguaban incluso al “negro” durante los días y menguaba su ánimo, cada vez más pésimo y vulgar.
Hasta que al fin surgió un plan. Lo más parecido a ese estado que andaba buscando, dónde las verdades se mezclan con lo absurdo, dónde el genio aparece viajando en un vehículo que transporta tu “yo” oculto hacia la luz, dónde el mar y el infinito parecen volverse nada, lo más similar a eso, era la embriaguez.
Y Lázaro Cabrera lo había experimentado alguna vez, hace años. Casi ni lo recuerda, pero de eso se trataba exactamente, de no recordar, cómo sucedía antes, de no saber el lugar exacto desde el que llegaban las palabras. Resultaría sencillo, buscaría entre las viejas botellas cuasi olvidadas en el minibar del salón, descorcharía aquella de vino añejo que una vez tuvo la tentación de abrir, mezclaría con cerveza, algunos chupitos de tequila y sería suficiente. Dejaría la habitación en el momento que estaba y sólo tendría que despertarse y leer en algún lugar azaroso el comienzo de su próxima novela. Luego por el día, ya pasaría la resaca ordenando sus escritos, dotándoles de empaque.
Podía leer en su cabeza a los críticos alabando sus tan variados vértices literarios, su resurgir como ave fénix, las aristas de su creación, la locura de vuelta al primer plano. Quizás incluso le compararan con Bukoswki, sufriera de problemas de salud y acabaría sólo, tremendamente sólo, quizás la autodestrucción fuera el único camino hacia el éxito, pero daba igual, resultaba al menos una gran imagen literaria.
Si ustedes se hicieran (por lo métodos que consideraran oportunos) con cien libros cuales quieran de entre toda la narrativa de ficción que se crea hoy en día en el mundo, y aquí podemos considerar libro de relatos, novela histórica, ciencia ficción, etc., sólo el 5% de los personajes que forman parte de la historia tienen algún tipo de interacción con el narrador que se aleja de lo común, es decir, del vínculo directo que sostienen un narrador y un personaje, uno narra y el otro, actúa. Habría que alcanzar los novecientos veintitrés libros, para detectar una sola lectura dónde el personaje supiera que está siendo narrado. No, no se molesten en comprobar dicha estadística. Obviamente, o no existen recuentos al respecto, o el creador no se ha molestado en buscarlos. Lo que quiere decir, y lo que les estoy contando, es que resulta verdaderamente complicado encontrar un personaje dentro de una ficción que tenga conciencia de que sus actos están siendo narrados. Y no sólo sus actos, también cuando participamos en sus pensamientos íntimos, divagaciones y monólogos interiores.
En cualquier caso, es necesario llegar a un acuerdo con respecto al espacio físico. Después de mucho cavilar, el creador pensó que sería interesante ponerse en la piel de Jero, es decir, ¿Dónde querría establecerse un personaje que sabe que está siendo narrado y que puede influir en la narración con su propia voz? Pues, efectivamente, en un lugar privado, dónde pueda usar su voz en beneficio de la historia. Pero su voz, ¿es ciertamente su voz o es la del creador a través de su “yo”? Desde el punto de vista ególatra del creador, es su voz, sólo que emplea un artilugio, a Jero, para exponerla. Desde el punto de vista de Jero, es suya propia, pero más por un sentimiento de posesión en el ser humano que por las razones que pueda exponer. Uno, que es neutral pero nunca deja de serlo, se postula a favor del personaje, la voz es de Jero por la sencilla razón de que una vez trasciende de la mente del autor y pasa al papel, o a la pantalla, la voz ya no tiene nada que ver con el creador aparte de su autoría. Ya cobra vida propia. Asunto a parte, sería referirse a que Jero ha serigrafiado su personalidad a través de las líneas, y van desde su primera palabra hasta la última, además de sus acciones. Así pues, por una razón democrática, dos contra uno (hemos tenido suerte de que el creador es demócrata y no autoritario), la voz de Jero es de Jero, y sólo le corresponde a él.
De cualquier manera, la primera intención quedó sepultada por otra que el creador intuyó más original, en sus manos queda el juicio. Esta vez no elegiría el camino aparentemente sencillo, es decir, inventarse un personaje que se acerque a lo que él mismo sintiera y a partir de él exportar sus verdaderos pensamientos, sino que ese personaje sería el “malo” y el personaje de la chica, sería la que sufrió el desengaño. Para que me entiendan, en la adolescencia Jero le hizo daño a Eva, y ahora Jero pedirá una nueva oportunidad. Esto tenía dos lecturas positivas, la primera es que, así, efectivamente el relato no se convertiría en un simple trasvase de pensamientos entre el creador y Jero, es decir, sería menos obvio. Y la segunda es que, dada la posibilidad de una reacción imprevisible en Jero hacia la historia, el creador podría actuar sin miedo a la traición. Por si fuera poco, más fácil puso la decisión Jero cuando habló por primera vez:
- ¡Eh! ¡Que yo quiero ser un tipo duro!-exclamó con efusividad.
Así, Jero y el creador, de mutuo acuerdo, me hicieron reescribir esta parte del relato y situar a Jero junto a Eva, en un lugar “casi olvidado de la adolescencia”, pero que contradictoriamente, era el más significativo de entonces, y a partir de ahí desarrollar la acción hasta conducirlo a su inevitable final. Esto supuso un esfuerzo extra por parte del creador, que tuvo que documentarse en cuanto a actitudes femeninas se refiere ante estos dilemas sentimentales. No piensen en estudios sociales ni investigación científica, no. Simplemente, preguntó a sus amigas. Como conclusión extrajo, que, quizás por su especial sensibilidad, por su ausencia de rencores, por su capacidad de intrascendencia o simplemente, porque son diferentes a los hombres, las mujeres mostraban una inercia más positiva con respecto al perdón hacia alguna ofensa sentimental, y además, desechaban generalmente el rencor y actuaban de manera condescendiente con esos tipos duros, los que un día un amigo del creador llamó “malotes”, que habían pasado por sus vidas.
Antes de leer el resultado final, han de tener en cuenta las siguientes consideraciones, pues después, será lo escrito lo único que permanezca en su memoria:
- El creador decide crear un relato, al borde del microrrelato, existencial, jondo (no se me ocurría otra forma de referirme a la hondura del mismo), poético y dual. Si sale mal, culpa será del creador, que es quién se empeñó en plasmar su gran inquietud a través de un personaje que está siendo consciente de ser narrado y situando la acción en un lugar tan común como “un lugar casi olvidado de la adolescencia”. De cualquier manera, si aún así, el relato lo salva el tono, la musicalidad del texto, su ritmo… en definitiva, su forma y no su fondo, el mérito es del narrador. Y ya saben que el narrador soy yo y no el creador, y no quiero volver a repetir los motivos que anteriormente expliqué.
- De Jero conozco poco, sólo los hechos que me han tocado narrar, pero de buena cuenta sé que pretende ser el personaje perfecto. Como dijo, quiere ser duro, y a la vez honesto. No le importa reconocer sus miserias para lograr un final redondo. En los relatos de amor, lo redondo es conseguir el amor de la chica. Lo que no sabe, es que, probablemente, para alcanzar la perfección tendrá que hacerlo a través de imperfecciones. Y esto es algo que, por primera vez, comparto con el creador.
- Por último, en la narración de estos mediocres hechos y que tendrá la oportunidad de leer a continuación, el narrador ha puesto todo en su empeño y sabiduría para que el lector, usted mismo, disfrute de ese hecho tan personal e intransferible que significa leer. Sólo espero, a partir de ahora, consiga hacerlo.
Algún lugar casi olvidado.
Ha llovido mucho desde entonces, como lo hace hoy. Jero lleva días aquí, pero podrían significar años. En el pasado lo fueron. Venía cada vez que gustaba de compartir sus noches. Sólo un tejado, un pórtico y enfrente el inmenso parque que regalaba hojas al viento. Una y otra vez, y así, hasta que dejaron de bailar patos en el lago.
En pocas noches, la ha distinguido espiándole un par de veces. “Ella también vuelve, como una señal”, piensa él. Sin embargo, aún no se lo ha confesado. “Te he visto”, podría decir, pero no lo hace. A Eva nunca se le dieron bien los secretismos, no sabría ni mantener el suyo propio, como estaba sucediendo. Ni siquiera en el paso del tiempo, sospecha Jero, habrá mejorado uno de esos asuntos pendientes. Daba igual, a él le gustaba así, extraordinariamente imprudente.
Y hoy era el día de hablar, o de no hacerlo, de decirse las cosas como se las dicen los amantes, sin palabras.
Jero pretende mojarse si, codificado por la lluvia, consigue que Eva salga al mismo umbral de lo que sienten, ahí dónde no existen refugios y todo salta por los aires hasta que, pasado el ciclón, sólo queda el silencio de otro comienzo, que es el principio del final.
- Me preguntaba si te vería por aquí-dice Jero en voz alta, y truena su voz en el eco del parque, vacío, y a ella sólo le queda salir.
- Me alegra verte-y Eva habla.
- ¿Cómo estás?
- Mojada.
- ¿Quieres mi chaqueta?
- No, estoy bien. ¿Cómo estás tú?
- Bien… Oye Eva, he de decirte algo. Sé que en el pasado sucedieron cosas, complicadas. Probablemente no me porté bien contigo, lo se. No guardo buen recuerdo de ello.-y Jero toma su propio camino.
- No hace falta…-Eva alza la mano y tapa la boca de Jero.
- Sí.-Pero Jero no calla y toma la mano de Eva con la suya-Déjame terminar. Sé que has estado espiándome desde hace algunos días. Yo también lo he hecho, cuando no te dabas cuenta. Te he visto entrando en el portal de casa y sacudir el paraguas, he notado tu pelo alborotarse como en aquellas mañanas que compartimos y recién salías de la ducha. Te he visto pasear con esa fuerza con la que paseas, que es la misma con la que me sacudes ahora y me dejas añorando el pasado. No es fácil decirlo, pero quiero que vuelvas, pues te amo de verdad y sospecho que tú lo sabes. Sabes que es verdad y no me queda otra que lucharte.
- Yo… lo siento, Jero… no puedo…
Y Eva se va. Se va mientras Jero estudia el tiempo y el espacio, y luego mira hacia arriba y hacia abajo y se marea buscando una explicación que no encuentra, como si no se trataran de las consecuencias de sus actos, como si alguien le debiera otro final, y entonces estalla:
- ¡EVA! ¡Eva, escucha! ¡Nada es lo que parece, no te vayas! ¡Eva, hazme caso! ¡Somos marionetas!
Jero grita, y aunque las pisadas responden alejándose, insiste:
- ¡Nos están manejando Eva! ¡Somos personajes y nada más que eso! ¡Regalémonos un final digno! ¡Eva vuelve, por favor!
Pero Eva sigue corriendo.
Ha venido el ladrón reclamando su inocencia,
ha presentado papeles infectos de gusanos retorciéndose barriga abajo,
ha enseñado su declaración de sangre
sobre las paredes del edificio de humo
y nadie se ha inmutado.
Ha venido el ladrón exigiendo su parte
con la manta en los pies y puntillas en el cráneo,
mostrando haraquiris tatuados en el vientre,
cicatrices sobre la carne bien hecha
y cortinas de taras en su piel inerte.
Ha venido el ladrón con ese son,
a palillos el compás de su ironía,
dejando sonar el bis de un discurso políglota.
Se ha servido de elementos que están rindiéndole culto
a una estatua de sí mismo
mientras sonríe en la calidez de la medianoche.
Ha seguido el ladrón jugando con manteles de humo,
confeccionando guirnaldas de palabras que están de menos
y las ha colgado al techo,
Ha recitado medias mentiras, refranes de pan y peces
refiriéndose a lo que nunca más se supo,
ha emprendido golpes contra las turbinas de los días y de las noches
por sólo ser su enemigo,
Y se ha hecho enemigo del ego
y riego de quién se cree enfermo
pero aún le queda la cuenta atrás.
Ha oficiado el ladrón su misa criticando a los miserables
y el mundo se ha quedado a solas,
contra la pared ha estrellado su sangre,
ha metido la mano dónde no cabía permiso,
registrado cajones y bolsos
de la conciencia,
ha jugado a engañar a los niños,
a rebuznar a las cabras
y confiarle su verdad al abuelo,
a pasar del demonio y hacerle un guiño a ese Dios peregrino,
se ha metido en pasillos de conversaciones,
en charlas de marujas y coloquios oficiales
y ha reunido un sinfín de contradicciones
preparadas para serigrafiar un árbol.
Ha venido el ladrón a hurgar en la llaga,
a escarbar el deseo de las cloacas
y presentarlo como un sol,
a clavar la estaca en el lomo del hombre
y escupirle ráfagas de sal…
ahora lo ves cercenando los márgenes con su garganta de hielo,
estrechando más y más la tortura de clavijas,
se cree y se crece ante nadie,
ante el espejo carcajea
el ladrón de capucha invisible
pulpo de manos
y viento en las sandalias,
el huidizo omnipresente.
Ha aprovechado un instante el ladrón para llevárselo todo.
Despertó y pudieron verle ocho alas adornando su espalda y abrazando su cuerpo, demasiadas para volar. Por superposición, se estorbaban entre sí al alzar el vuelo y pesaban, de manera que los movimientos se ajustaban lo suficiente para realizar pequeños trayectos, no más que eso. Nada se sabía pues de desplazamientos largos, nada de la vertiginosa sensación de una caída libre, nada del aire tratando mecánico el rostro y, por supuesto, nada de volar de verdad. Por eso, cuando paraba frente al espejo, doblaba una a una sus alas e iba imaginando seis prescindibles. Ésta sí, ésta no. La vida es elegir y yo os elijo a ustedes, decía, mientras acariciaba sus dos favoritas.
Llueve. Conduciendo, Marcos, advierte que si mira por el espejo hacia los asientos de atrás, puede verse a sí mismo a la edad de un niño, contando siete años a lo sumo, nunca más de esa cifra. Si se gira, sin embargo, no hay nadie y el asiento está vacío. Al reponer la vista dónde debe, justo cuando mira de nuevo la carretera, con el rabillo del ojo puede observar, a través del espejo, a ese niño junto a la ventana, casi ensimismado con cada peatón que se queda atrás, con cualquier accidente que se cruza, una furgoneta, un edificio de peculiar estructura, un pájaro que pasó cerca… etc., apenas cuidando que sus zapatos no dañen la tapicería. Él pisa y remata como si los vehículos fueran vendidos con un seguro gratis en cuestión de tapicería, especialmente en el caso de maltrato por niños.
Entonces, Marcos, a golpe de volante, varía de trayecto. Se inventa uno alternativo, enrevesado como es la vida. Pasadas algunas curvas, pregunta:
- ¿Vamos al cole, no?-y Marcos recuerda el coche de su padre, y cómo los paseos a la mañana desembocaban en el mismo lugar.
- Sí-el niño le da la espalda, y mira a partir del cristal del capó, ahora a los coches que vienen siguiéndolos.
- ¿Tienes sueño?
- Un poco. Pero da igual, hoy tenemos dos recreos.-el niño vuelve a girarse, quedando de cara.
- Ah, ¿Sí? ¿Y eso te gusta?
- Claro, jugamos más, y encima tenemos dibujo, que me encanta.-y sonríe.
- Qué bien, ¿no? A mí también me gustaba. ¿Y qué vas a hacer?
- Voy a dibujar una carnicería.
- Qué suerte, yo hace mucho que no dibujo. Una carnicería debe ser difícil.
- ¿Y por qué no sigues dibujando?
- No sé, supongo que he perdido la costumbre.
- ¡Anda! Yo nunca dejaré de dibujar. Además, voy a ser dibujante.
- Seguro que lo consigues.
Tres calles más tarde, el trayecto que un día fue, concluye. El colegio es ahora un edificio que cuenta remiendos por todo el cuerpo, con zonas ya vetustas, avejentadas, dónde siguen apareciendo alumnos a cuentagotas. Hay costumbres que esquivan el paso del tiempo. Las calles están abiertas y las clases se rellenan, de lejos pueden distinguirse algunas cabezas transitando en el interior. Marcos estaciona.
- ¿Me regalarás el dibujo?-dice mirando fijamente el espejo.
- ¡Claro!-dice el niño recogiendo su mochila.
“No. No he muerto”. Y entonces, duerme.
“No he muerto”. Si estuviera muerto, piensa, ni siquiera pensaría. No existiría esa luz blanca, no cavilaría, no dudaría… nada. Y ahora está pensando y eso lejos está de ser bueno.
“Estoy vivo”. Lanza una señal, los dedos fuerzan un gesto, ínfimo. Nunca había sido tan consciente de mandar un impulso nervioso, nunca había hecho hincapié en ese esfuerzo, en lo que significa ya un acto consciente. Vamos por la vida autómatas, sin saber qué y cómo hacemos lo que hacemos.
El brazo izquierdo no puede moverlo, los dedos sí. Curioso. ¿Pueden los nervios atravesar desiertos? El brazo parece estar partido en dos trozos, quizás tres, moverlo es una utopía. Desiste. El derecho… el derecho sí. Lo mueve, le cuesta un siglo en el tiempo, pero lo hace.
Las piernas… no. Están rotas. No sabe por dónde, pero lo están. Sensibilidad sí, o algo que se le parece. ¿Podrá caminar? No lo sabe. Le da igual.
El torso, el torso más o menos, el hombro parece casi aplastado, lleva placas o algo que lo sujeta, que lo mantiene terso. No sabe qué es. No puede moverse, no ve bien más allá del rabillo del ojo. Alguna costilla rota. Podrían ser varias. Respirar es un ejercicio pesado.
Porta collarín, respiración asistida, gotero, como el cuadro de una catástrofe. Deberían pintarlo, alguien, él no.
Enfrente, una joven lo mira, percibe el movimiento. Está vivo, sí, pero no debería de estarlo. La vida ha estrechado la distancia con la muerte, aún sin tocarse. Es peor para quién le llama cruzar al otro lado. Tan cerca y tan lejos.
Y vuelve a dormir.
Otro rango de tiempo. No entiende cómo ella permanece en idéntica pose a la última vez, de nuevo sentada, a discreción su mirada fija. Si algún día supo lo que es intimidad, ya lo olvidó. Pudiera ser una disfunción de la memoria. Pudiera pasar, que elimine un sector a antojo. Asociamos lo bueno y lo malo a las emociones y las personas están hechas de emociones. No. No es cierto, la recordaría. Recuerda las semanas previas, los tranquilizantes, la vida pesada provocando la riña en su espalda. Ya iba siendo hora de ahorrarse ese lastre que aparece nada más el primer pestañeo. Ella sólo aparece en los rescoldos del pasado reciente, cuando conversaba con la enfermera y se filtraba a la conciencia, pero antes de eso no existe en la memoria, será una enviada por el destino, un cruce inoportuno, pero, ¿por qué el destino y sus maneras, por qué aparece esa palabra rehusada y se antoja por cambiarle la muerte? Ella parece contenta. Él no.
- ¿Quién eres?-le alcanzan las fuerzas.
- ¡Enfermera, enfermera, corra! ¡Mi novio está hablando!-contesta, pero no a él.
Elige un momento, a solas, hace tiempo que puede hablar:
- Por fin hablas-responde al levantarse.
- ¿Por qué estás aquí?
- Sólo me preocupo por la salud de mi novio.
- Yo no soy tu novio-asegura tajante.
- Ahora sí.
- ¿Por qué haces esto?-insiste.
- ¿Por qué lo hiciste tú?-y por primera vez, su voz se tuerce. Pasado un quebranto, llora.
La habitación huele a espanto, que lo sostiene con vida. Y el de ella, ¿a qué huele? ¿También a esta habitación? Lo mismo espanto y espanto significan lo contrario, como aquel fundamento de las pilas. Pero a él le huele a boca muerte y no hay opción que redima. Han pasado más días. El tiempo, persiste en su consumo.
- Sólo quería morir-expresa, más firme.
- Lo sé, he leído tus cuadernos, he visitado la casa dónde vivías. Puedo imaginar la persona que has sido-dice ella.
- ¿Y tú? ¿Quién has sido?
- Sólo alguien feliz.
- ¿Como sabes qué significa serlo?
- Porque estoy conociendo el lado contrario, gracias a ti.
- Yo no te he pedí, jamás te he amado… ¡Vete! ¡Márchate, por favor! ¡Déjame tranquilo!
Pero a ella no le asusta el tono, ahora no es posible asustarla.
- Tú eres el demonio. Al contrario que los ángeles, caíste del cielo para hacernos del todo infelices-susurra al oído-. Escucha atento porque no pienso aguantar tus quejas: Te voy a condenar a vivir, tú lo sabes desde que me has visto. Vivirás y verás como te limpio el culo, te hago la cama, la comida y te ayudo a que el cuerpo funcione correctamente. Lo harás cada día vigilado, cada segundo tendrás que oler tu propia mierda y no podrás huir de la vida porque pienso hacértela tragar palmo a palmo. Verás tan lejos la muerte que querrás morir y abrazarla y jamás podrás hacerlo. ¿Me has entendido?-pero no halla respuesta.
Pasa el tiempo. Su cuerpo se redecora como si encontraran a momentos las piezas de un puzzle. Una por otra mejor parada y cada vez más hábil, más capaz. Capaz de sostener en sus manos el mundo, de dejarlo a un lado, de palparse todo el cuerpo, las piernas aún en reconstrucción, su rostro acogiéndose al pasado. Ha cambiado también el espacio. Ahora existe la calle y su casa, que son como eran, infames, una mezcolanza regurgitando lo que de un niño fue.
Ella camina siempre detrás, como quién persigue el mal a tan sólo dos pasos, hasta la misma boca del infierno y encima se excede de la culpa. Actúa en base a automatismos, difícil considerarla buena o percibirla malvada, no habla ni deja de hacerlo, a veces estornuda, saluda a quién conoce en la calle, se inventa historias y luego ríe. “Es un amigo. Trabajo para él. Nos conocimos por la red. Es parte del trabajo de una ONG. Mamá, nunca has entendido el amor.”. La membrana permeabiliza mentiras que ahogan, transpira rencor, hastío y un aire que a veces asfixia, cuando justo asfixiarse supone una puerta hacia el ansiado paraíso.
Le recoge las sábanas, le deja una toalla, le limpia con delicadeza, sitúa el plato en la mesa y espera. Siempre esperando a que viva, a que después, otra vez más lo haga forzado y ya no contemple alternativas ni entienda otro remedio. En la noche, es el único momento para aflojar los lazos.
- Lo ha convertido en accidente, ¿no?-pregunta él.
- Sí, yo misma testifiqué, no es difícil deducirlo. Te vi cayendo por error, un simple resbalón, no creas que me iba a complicar. Ayudó que no haya nadie más en ti, que estés sólo como nadie. Lo he imaginado tanto que podría describirte con exactitud lo que pasó siendo algo que no ha sucedido. Dudarías incluso tú de que fuera incierto, créeme.
- Seguro. ¿Quién era?
- Mi novio.
- Lo siento. Debí mirar abajo.
S |
e entra mejor desde tu casa-le asegura el demonio repitiéndose, otro día más sentado en la butaca del salón. Y ya ha perdido la cuenta. Habla en tono elevado mientras él anda ocupado en su habitación recolocando la camisa en la percha. Al regreso, lo ve sostener un cigarro mientras se reajusta la chaqueta. El tercer botón, contando desde arriba, le baila, casi al punto de agotarse y caer al suelo. Había abierto las ventanas para que el humo no se condense.
No ha tenido valor para preguntarle porqué, piensa el hombre, cual es la razón que antepone su casa en el orden preferencial, porqué no la del vecino por citar un ejemplo, mucho más deteriorada, más opresiva. Quizás sea cosa de la pesadumbre que tiñen las paredes, se trate de lo lúgubre del salón, que bien podría confundirse con una antesala al infierno pues es también casi enemigo del orden, o a lo mejor el pasillo, en consonancia con aquellos pasadizos infinitos que conducen a la oscuridad, sin apenas luz natural, como esos que se ven en las películas y sufren sinónimo de condena.
Podría tener que ver con el barrio, poco transitado, dando igual que fuera de día o de noche, la gente apenas vaga por la calle y cuando lo hacen no tienen tiempo para mirarse entre sí y se miran, en realidad no se están mirando.
No lo sabe, ha escogido su casa y parece sentirse bien allí. Se calienta un té, se cambia de ropa frecuentemente, hace zapping en el sofá mirando el televisor y ríe a carcajadas como si se riera de todos menos de él mismo. “Puedes poner lo que quieras”, siempre acaba diciendo. Asentado en el salón, espera hasta que alguien haga sonar el timbre:
Al principio, temía que en cualquier momento se inaugurara un desfile de maleantes invadiendo la casa; ladrones, asesinos, proxenetas, corruptos de todo tipo. Pero este último que ha entrado, por ejemplo, no lo parece y tampoco lo parecían los de días atrás, personas de lo más normal. El de ahora es un hombre y nada más que eso, aunque eso no asegure su bondad, viste aseado, limpia sus pies en la alfombrilla, desorientado saluda tímidamente. Luego observa el pasillo y se limita a seguir órdenes, persigue el corredor hasta el otro extremo, abre la puerta y cierra sin provocar ruido.
Durante la semana pasada, entraron sesenta y seis personas hacia la habitación del fondo, pero ninguna de ellas regresó, equivocó la habitación o tomó el camino inverso. Los fines de semana es un caos. Todas llaman cuando se acuesta la luz. El demonio se levanta del sofá, abre y repite automatismos. “Es esa, la del final”. A veces conversa, por encima pero de verdad interesado, con aquellos que vienen; pregunta por la situación laboral, que si el colegio de los niños, la mujer o el marido de turno, la difícil relación con los suegros. En otras ocasiones se convierte en un espectador y hay como un acuerdo de tácito silencio, dónde él y ellos, apenas cruzan palabras después de indicar cual es el correspondiente camino.
El hombre, mientras tanto, celebra su día a día con naturalidad, y desde el sofá observa la pasarela montada en su hogar y deja pasar la vida.
Intuye que se han conocido antes, los que visitan la casa y el demonio. Parecen haber sostenido reuniones previas y es como si ya supieran de sus virtudes y defectos, y ahora las palabras tuvieran el sabor de las sobras. Todos ellos se agarrotan bajo el marco de la entrada, mantienen un semblante inerte y como si sus venas portaran mercurio, recorren el pasillo, hasta ahora a salvo de reproches o quejas.
Con el tiempo, el demonio ha ido sintiéndose cada vez más cómodo, y se ha convertido en una grata compañía.
El hombre, por su parte, ha restringido sus salidas del hogar, ahora, cuando concluye la jornada de trabajo comparte sobremesa con el invitado pues considera descortés dejarlo sólo, máxime cuando son tardes y noches completas, pero es una manera de engañarse con tal de no aceptar la realidad: el demonio es su compañero de piso ideal. Un pelo irónico, con sentido del humor, no usa palabras de más y lo considera buen conversador, excelente jugador de cartas, fanático del United*. Las jornadas de la Champion pueden acabar, fácilmente, a las tres o las cuatro de la mañana.
No es nada raro que alguien interrumpa sus conversaciones trascendentales acerca de la vida y la muerte, allá por la madrugada, o como hoy, sobre la vida y la muerte, justo a la mitad de la segunda o tercera copa.
Quién sabe, se pregunta el hombre cuando llaman de nuevo al timbre, lo mismo el bien y el mal no son tampoco lo que parecen, lo mismo el bien es mal y el mal es bien, y el demonio es lo contrario a un demonio, un ángel en realidad el demonio y estos hombres cruzan el corredor directamente al paraíso. Ni siquiera el demonio parece ser malvado, de no saber de su autoproclamo, bien podría ser otro: siempre saluda al aparecer, hace la cama, recoge sus vasos, friega los cubiertos y los deja secar en la escurridera. Algunos días, incluso, prepara la comida, cuando la jornada no es dura, se justifica. No, eso no puede ser malo. Ha sonado el timbre.
“¿Te importa abrir tú e indicarle, Adán?”, interrumpe sus pensamientos de manera amable. Adán lo hace encantado. “Debe coger el camino que lleva a concluir el pasillo, allí encontrará de frente una puerta y sólo tendrá que abrirla”, explica la primera vez.
Cuando Arturo despertó, casi dos años después de haberse dormido una noche cualquiera, su novia, le miraba desde el otro lado de la cama: “Cariño, si que has tardado en despertarte, tengo tanto por contarte”.
Llevaba el reloj adelantando cinco minutos. Ella, sin embargo, lo dejaba colgar de su muñeca con cinco minutos de retraso. Al final, nunca se encontraban, perdidos en los márgenes del tiempo, en la estrecha frontera que significa que estuvieran o no, que se vieran aún de lejos, que anduvieran perdidos andando hasta el horizonte. Al final, era sólo cuestión de tiempo.
Al fondo de la sala, una mesa ancha, alargada. Tiene capacidad para unas trece o catorce personas sentadas, postradas en fila de a uno, con otras dos personas que presiden desde el ancho. Los asientos son cómodos y propicios para largas reuniones, de inclinación adecuada para situar los pies sobre la mesa, puede uno quitarse la chaqueta, reposarla sobre el respaldo y no le procura ni una arruga, se puede conectar el aire acondicionado a temperatura más baja de lo recomendable, bostezar, mirar el reloj sin disimulo. Nadie dirá nada, todos saben qué se cuece ahí. Largas y duras negociaciones. El resto de la sala la adorna un cenicero hasta la cintura, de esos para usar de pié, una máquina de café, otra de agua, un mapa del país ya vetusto, algunas fotos del ejecutivo y una inmesa cristalera que da al gentío. Pero allí todo es impermeable, casi nada suena, ahora sólo se salva el taconeo de la abogada y el eco, taconeo y eco, taconeo y eco.
- Llega con cinco minutos de demora, señorita.- el abogado ya se ha puesto en pie, ofrece su mano y esboza lo que parece una sonrisa.
- Ya ve, me gusta hacerme esperar.-contesta decidida la abogada, con tacón de aguja e indumentaria oficiosa.
- Siéntese. ¿Se encuentra bien? Diríase que tuviera un día… difícil.-asegura con suspense.
- No, para nada, es uno de tantos.-dice, y se sienta, se desabrocha la chaqueta, la sitúa tras de sí y mira a los ojos del abogado, pero podría estar mirando una pared y su rostro permanecería con idéntico semblante.
- Está bien, pasemos a los temas que nos ocupan, ¿qué me dice de las cláusulas? ¿Algún avance? ¿Nos hemos decidido ya?
- Es curioso como plantea la pregunta unilateralmente abogado, cuando según nuestra última conversación, las cláusulas serían tratadas por ambas partes y llegaríamos a un acuerdo justo el día de hoy.- se apresura a decir.
- Tiene razón, disculpe el planteamiento inicial, obviamente, ya he tratado estos temas con mi cliente, pero estamos deseosos de escuchar su punto de partida.
- Está bien, en cuanto a esos “últimos flecos que creía, no serían impedimento para llegar a un acuerdo”, según comentó a las familias, he de decirle que tendrá que tomarlos en mejor consideración y no precipitarse, porque, una vez tratados con mi clienta, y después de haber acordado hasta quince cláusulas y desestimado otras veintidós, creemos innegociable las restantes:
1) 3 días a la semana mínimo de dedicación a las tareas del hogar por parte de su representado, tres días por parte de mi clienta y un día que descansarán ambos o se llegará a un correspondiente acuerdo privado, siempre y cuando sea igualitario y equitativo para las partes. De no ser así, se reabrirá la vía jurídica para solucionarlo. Mi clienta quiere expresar el descontento por tener que abordar con una cláusula específica este asunto, que considera de puro sentido común, y que ha tenido que redactar comprobado el “machismo redundante” durante la época en la que los interesados han sido sólo amigos.
2) En cuanto a los retiros vacacionales, se alternarán destinos no consolidados en el mercado con otros tradicionales de sol y playa, mezclando la novedad y excitación que provocan los primeros con el descanso y la confianza que sugieren los segundos. Mi cliente cree necesaria la imaginación e innovación durante el tiempo de ocio.
3) Mi cliente no tolerará ningún tipo de actividad emocional extraconyugal, ni siquiera de carácter leve, en las que incluimos juegos de miradas, chistes y actitudes receptivas con otras mujeres, intercambio de números de teléfono, tomar café más de quince minutos con alguna amistad del otro género, encuentros con ex-novias, etc. Cualquier violación de este punto particular anulará la totalidad del contrato.
4) Será igualmente indispensable la relación fluida con el padre y la madre de mi cliente, el señor Mario González Bermejo y la señora Matilde Peña Asensi, pese a las reticencias acontecidas en el pasado por ambas partes, contabilizándose por una, al menos, quincenalmente.
- Veo que, salvo matices, sus “peticiones” poco o nada han cambiado desde nuestra última reunión señorita abogada. Le intuía mayor cintura.
- Tengo la cintura perfecta, señor abogado.-contesta de inmediato.
- Si quiere, lo discutimos luego… Pero antes, hagamos un inciso y tratemos las propuestas de mi cliente. Son las siguientes:
1) Sexo, todas las semanas, en tres ocasiones, incluidos periodos vacacionales y viajes. Contabilizarán como acto sexual cualquier acto que implique el activo de ambas partes, ya sea masturbación, penetración vaginal, penetración anal, sexo oral y/o otras prácticas previamente consensuadas. Sólo causas de fuerza mayor (derrumbamiento del domicilio conyugal, incendio o cualquier otro símil) o enfermedades demostradas mediante parte médico, paralizarán el cumplimiento de este punto.
2) Fútbol, de obligatorio visionado, también tres veces por semana. Partidos de la Champion League, Uefa, Mundialito de clubes, Liga, Copa, ligas extranjeras y campeonato de fútbol 7 de Brunete.
3) Serán permitidas dos escapadas al semestre con los viejos amigos de siempre, los señores Leandro Pérez, Miguel Bartual y José Espinosa, alias, “el Cholo”. Dichas escapadas no eximen a la pareja de cumplir el acuerdo detallado en el punto número 1, que tendrán que producirse durante los días restantes de la semana.
4) Y por último, mi cliente no tolerará ningún tipo de “flirteo” público ni privado con otros hombres, así como si se produjera, llegado el caso, una infidelidad, se guarda el derecho de repartir los bienes conyugales en una proporción de 70% - 30% del total de bienes estimados, dónde el 70% sería para mi cliente y el 30% para su pareja.
- En cuanto a sus propuestas, ya sabe que manejábamos la idea de 60%-40%, que estimamos igualmente justa, para el punto cuarto. También nos gustaría reducir los partidos de fútbol a dos por semana, o cambiar uno de fútbol por baloncesto, por eso de la diversidad, y también estimamos necesario aumentar los encuentros sexuales, situándolos en 4 semanales durante los primeros dos años y dos a partir de entonces.
- Anotaré sus sugerencias. Mi cliente, por su parte, está dispuesto a aceptar todos los puntos de las cláusulas, siempre y cuando se rebaje la dureza con respecto al trato de otras féminas, a las que, siempre se referirá y tratará como amigas y nada más que eso. Asimismo, ofrece la posibilidad de seguir negociando estas cláusulas durante las próximas dos semanas, dando oficialidad preventiva al noviazgo, con el fin de disfrutar durante las próximas dos semanas, de un noviazgo que a buen seguro, su cliente y el mío, están deseando llevar a cabo y que lleva en “stan by” casi un mes. Obviamente, los puntos hoy tratados serán, hasta que se firme el acuerdo final, suspendidos y delegados en la buena voluntad de la pareja. ¿Y bien? ¿Qué me responde?
- Pues que, obviamente, tengo que consultarlo con mi cliente, así que si le parece, nos concedemos un receso de quince minutos, y luego retomamos este asunto. Aún así, le puedo adelantar que mis años de experiencias y buen olfato jurídico me sugiere que estamos muy cerca de un acuerdo y que es muy posible que mi cliente acepte esta oficialidad preventiva. En cualquier caso, se trata sólo de olfato jurídico, señor abogado.
- Celebro su optimismo y su buen olfato señorita abogada, si le parece, iniciamos de inmediato el receso y en quince minutos nos volvemos a ver, no olvide su chaqueta.
- Tranquilo, lo tenía en mente.-la abogada se pone en pie y retira su chaqueta.- Que sus próximos quince minutos sean lo más agradable posible.
- Comparto sus deseos.- concluye él.
La puerta de la sala se abre. Los abogados se retiran lentamente. Café y agua para más tarde. Al fondo del pasillo, en dos salas contiguas, un hombre y una mujer aguardan. Hasta entonces en silencio, ahora, sólo taconeo y eco, taconeo y eco, taconeo y eco.
